Paseo de las Delicias
El paseo se llamó así porque era un paraje arbolado y delicioso para pasear hacia el Manzanares, plantado en tiempos de Fernando VI.
El nombre celebra un placer sencillo: el de pasear. A mediados del siglo XVIII, reinando Fernando VI, se trazó al sur de la ciudad un paseo arbolado que prolongaba el Salón del Prado hacia el río Manzanares. Doble hilera de árboles, sombra, aire limpio fuera de las murallas. La gente bajaba a respirar y a holgar, y al paraje lo llamaron Las Delicias, por las delicias del campo y del río que ofrecía a quien escapaba del bullicio.
Francisco Bayeu dejó constancia de aquel ambiente en un cuadro de finales del XVIII: majos y damas paseando a la sombra, el campo abierto donde hoy corre el asfalto. Hacia 1794, una casa de vacas propiedad de un tal Damián Martínez era célebre entre los vecinos que subían por leche fresca.
El nombre estuvo a punto de perderse. Cuando a mediados del XIX se abrió otro paseo de las Delicias —el que andando el tiempo sería la Castellana—, esta vía pasó a llamarse Delicias del Río para no confundirlas. Luego llegaron el ferrocarril de cintura, las fábricas y la estación de Delicias, y el idilio campestre se volvió barrio obrero.
El Paseo de las Delicias nace hoy en la Plaza del Emperador Carlos V, donde estuvo la Puerta de Atocha hasta 1851, y muere en la Plaza de Legazpi. Quien lo camina pisa, sin saberlo, una merienda del siglo XVIII.