Calle de la Ventosa

Barrio de Palacio

La calle toma el nombre de las ventosas, los vasos de vidrio que usaba una curandera llamada Juana Picazo, vecina del tramo conocido entonces como Calle de la Paloma Baja. El instrumento, cuya fama superó a la de la propia usuaria, terminó por designar la vía por acuerdo municipal del 11 de enero de 1835.

La calle discurre en el barrio de Palacio, distrito Centro, entre la Gran Vía de San Francisco y la Ronda de Segovia, en la ladera que desciende hacia el Manzanares, a pocos metros de la Puerta de Toledo y a espaldas de la Real Basílica de San Francisco el Grande. Es una vía corta y con desnivel, característica del trazado heredado del Madrid bajomedieval. Su tramo primitivo, llamado Calle de la Paloma Baja, arrancaba en la Calle de la Paloma y no alcanzaba la Calle de Toledo. La conexión entre ambas vías se abrió en 1830, lo que amplió el recorrido y unificó el nombre. Pedro de Répide, en Las calles de Madrid, recoge que el nombre procede de una mujer, Juana Picazo, que habitó la calle y empleaba «una ampolla de vidrio a manera de ventosa», afirmando que el instrumento había pertenecido al mismísimo patrón de Madrid, San Isidro, y que por esa virtud sanaba enfermedades. Los vecinos, tras comprobar que los males persistían mientras el dinero desaparecía, la denunciaron. Según la versión recogida por Ediciones La Librería en La huella de la Inquisición en el callejero de Madrid, Juana Picazo fue presa por la Inquisición y, tras ser juzgada como hechicera, sufrió el castigo público habitual: la afeitaron, la embadurnaron con una sustancia pegajosa, la cubrieron de plumas y la pasearon en burro por las calles de la Villa «camino de galeras». La curandera desaparece de los registros tras ese episodio. La casa y la calle ya eran conocidas como «las de las ventosas» antes de la formalización del nombre. El acuerdo municipal de 11 de enero de 1835 lo recogió en el nomenclátor oficial. El 20 de octubre de 1927 un segundo acuerdo extendió la calle absorbiendo la vecina Calle de Gil Imón, que tomaba su nombre de Baltasar Gil Ymón de la Mota (c. 1545–1629), jurista de Felipe III y Felipe IV propietario de terrenos en la zona aledaña al Portillo de Gilimón. La vocación del entorno ha sido siempre popular y artesanal, inserta en el barrio de La Latina bajo el eje Toledo–Segovia, donde tabernas, talleres y curanderos convivían en el siglo XVIII con una población trabajadora que recurría a remedios baratos. La calle aparece en Fortunata y Jacinta (1887) de Pérez Galdós: un personaje toma «a la derecha por la calle de la Ventosa y va a la explanada del portillo de Gilimón», lo que confirma su continuidad como vía de paso hacia las afueras de la ciudad hasta finales del XIX.
Juana Picazo afirmaba que su ampolla de vidrio había sido usada por San Isidro durante una enfermedad, y que la reliquia del santo labriego transmitía su poder sanador al instrumento. Cuando la paciencia de los vecinos se agotó, el castigo fue expeditivo: la pelaron, la embadurnaron con pez o grasa, la cubrieron de plumas y la sacaron en burro por las calles principales de Madrid entre insultos y golpes. La Inquisición la procesó como hechicera y la sentenció a galeras. La curandera desapareció de la villa, pero la ventosa se quedó en el nombre de la calle.

Sus nombres

  • Calle de la Paloma BajaAntes de 1830
  • Calle de la Ventosa11 de enero de 1835
  • Calle de la Ventosa (ampliada con Calle de Gil Imón)20 de octubre de 1927
Objetos Objetos origen disputado
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