Ribera de Curtidores
Debe su nombre a las curtidurías o tenerías que se alinearon en su recorrido, donde se trataban las pieles que dejaba el matadero cercano al Manzanares.
Aquí trabajaban las pieles. La calle desciende casi paralela a la de Toledo, por donde entraba el ganado camino de los mataderos, y recogía el oficio que venía después del sacrificio: curtir los cueros. En 1495 los Reyes Católicos trasladaron a los curtidores desde los Caños del Peral hasta esta ladera, y el gremio dio nombre a la vía. Antes se llamó calle de las Tenerías, por las tenerías o curtidurías que la ocupaban de punta a punta.
El nombre del barrio mercantil que la rodea nació de la misma actividad. Las reses muertas se arrastraban desde el matadero hasta las curtidurías y dejaban un reguero de sangre por el suelo: ese rastro acabó bautizando al mercado más famoso de Madrid, del que la calle es la espina dorsal.
Con los siglos llegaron roperos, zapateros y, desde el XIX, los anticuarios que fijaron el carácter del Rastro. En 1950 se levantaron las Galerías Piquer, un patio de tiendas que aún concentra el comercio de antigüedades. La calle entró pronto en la literatura castiza: aparece en zarzuelas decimonónicas y en La horda, la novela que Blasco Ibáñez publicó en 1905.
Quien baja hoy un domingo entre puestos pisa el mismo trazado por donde se acarreaban los pellejos hace cinco siglos.