Calle del Cerro de la Plata
La calle recuerda un cerro del sureste de Madrid, junto al arroyo Abroñigal, cuyo nombre «de la plata» fue irónico: aludía a la carbonilla negra que dejaban allí las máquinas de vapor.
Hubo aquí una loma de verdad. El cerro daba nombre a este rincón del sureste madrileño, en la linde por la que bajaba el arroyo Abroñigal antes de que la M-30 lo enterrara. Desde lo alto se tomaron vistas panorámicas de la ciudad, así que el paraje tuvo su momento de mirador.
El nombre «de la plata» nació en broma. El mismo cerro se conoció también como Cerro Negro, y por la misma razón: las máquinas de vapor que salían de Atocha y Delicias descargaban allí su carbonilla, y el suelo quedaba teñido de negro. Llamarlo «de plata» era darle la vuelta al color del carbón.
A comienzos del siglo XX la compañía MZA compró el cerro para levantar una estación de mercancías, con sus muelles, vías y almacenes. Junto al ferrocarril se acumularon los vertidos: llegaron a juntarse millones de metros cúbicos de barro y polvo de carbón, montones de hasta diez metros que hicieron de la zona uno de los rincones más degradados de Madrid.
En los años ochenta se retiraron aquellos depósitos para levantar el parque Enrique Tierno Galván, con su planetario. Donde se amontonaba la carbonilla hoy crece césped, y la calle Cerro de la Plata sigue nombrando una colina que el barrio ya apenas recuerda.