Calle Nenúfar
Toma su nombre del nenúfar, la flor acuática cuya palabra viajó del sánscrito al árabe antes de bautizar esta calle del herbario de Berruguete.
El nenúfar flota sobre el agua quieta de los estanques, con sus hojas redondas y sus flores que abren al sol. Aquí da nombre a una vía corta de Berruguete, integrada en el herbario de calles que cubre buena parte del barrio: a pocos pasos quedan Margaritas, Gladiolo, Zinia, Hierbabuena o Cactus, vecindario botánico donde lo silvestre y lo cultivado comparten esquina.
La palabra tiene más kilómetros que la propia calle. Arranca en el sánscrito nīlautpala, «loto azul», pasa al persa nīlūfar y de ahí al árabe, que la trajo a la península. En el habla andalusí la primera ele acabó pronunciándose ene por contagio con la siguiente, y de aquel nīnūfar salió el nenúfar que decimos hoy. La misma flor que pintó Monet sobre los estanques de Giverny lleva en su nombre castellano la huella de tres lenguas.
Estas calles vegetales llegaron al callejero a mediados del siglo XX, cuando Madrid absorbió Chamartín de la Rosa y los pueblos de su periferia. La fusión multiplicó los nombres repetidos, y muchas vías de Tetuán cambiaron de rótulo para deshacer el embrollo. Tocaron flores y plantas, un repertorio fácil de ampliar sin agotar el diccionario ni pisar la memoria de nadie.