Calle del Tejo
Lleva el nombre del tejo, árbol de madera roja, enorme longevidad y savia venenosa que lo rodeó de fama sagrada y temible.
La calle del Tejo, en el barrio de Atocha, toma su nombre del árbol homónimo. No se conserva el motivo concreto de la elección: ni decreto que recuerde a una persona o a un suceso, ni explicación documentada del porqué se le rotuló así. Queda el árbol y su carga simbólica.
El tejo (Taxus baccata) tiene una historia que justifica la atención. Crece despacio y vive siglos; los ejemplares más viejos del norte peninsular superan el millar de años, longevidad que lo convirtió en emblema de lo que no parece morir. De ahí su presencia junto a ermitas e iglesias y su papel en ritos antiguos, asociado al tránsito entre la vida y la muerte.
Esa aura tiene una raíz física. Casi todo el árbol es venenoso —hojas, corteza y la semilla que esconde el fruto rojo—, salvo la pulpa carnosa que la envuelve, el arilo, dulce y comestible. Bajo un tejo se camina bajo uno de los árboles más tóxicos de Europa, capaz a la vez de ofrecer un bocado inofensivo.
Su madera, densa y elástica, armó durante siglos los mejores arcos de Europa. En el nombre de la calle del Tejo conviven esas dos caras: el árbol que envenena y el que dispara flechas.