Calle de las Delicias

Palos de la Frontera

Toma su nombre del antiguo paseo arbolado que los madrileños del siglo XVIII llamaron «las delicias del río» por lo grato de su aire y su paisaje camino del Manzanares.

El nombre nace de un placer sencillo: pasear. A mediados del siglo XVIII, bajo Fernando VI, Madrid prolongó hacia el sur el eje arbolado del Prado en dirección al Manzanares, y aquel tramo umbrío se convirtió en sitio de cita. El campo entraba en la ciudad, el aire corría limpio y el río enseñaba su cara más amable. Los madrileños empezaron a llamar al lugar «las delicias del río», y la palabra prendió. La calle de las Delicias hereda ese apodo del cercano paseo de las Delicias, una de las ramas del tridente con que la villa creció hacia el mediodía. El XVIII dejó imágenes de aquel paseo: majos y damas conversando bajo los olmos, la estampa apacible que justificaba el nombre. Los hermanos Bayeu llevaron esa escena a un cartón para tapiz destinado a las habitaciones de los príncipes de Asturias en El Pardo. Las delicias duraron lo que dura un paisaje sin defensa. El Ensanche del XIX declaró fabril la zona, llegó el ferrocarril de cintura y los olmos cedieron ante naves y chimeneas. En 1880 se inauguró aquí la estación de Delicias, primera terminal permanente de Madrid, hoy Museo del Ferrocarril. El arbolado se fue; el nombre se quedó, repartido entre calle, paseo, barrio y dos estaciones, recordando un río que una vez fue ameno.
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