Calle de las Azucenas

Valdeacederas

Lleva el nombre de la azucena, el lirio blanco, dentro del ramillete de flores que Tetuán repartió por su callejero a mediados del siglo XX.

La azucena es el lirio blanco de pétalos abiertos y perfume denso, flor que la tradición cristiana asoció a la pureza y puso en manos de la Virgen. Su nombre viajó largo antes de llegar al castellano: del árabe hispánico assusána, y antes del árabe clásico sūsan, una raíz que rastrea hasta el hebreo y, más atrás, hasta el Nilo. La flor explica la palabra, pero no por qué acabó rotulando esta calle. Cuando Madrid absorbió Chamartín de la Rosa —⁠el municipio al que pertenecía Tetuán⁠— aparecieron decenas de nombres repetidos entre el viejo y el nuevo callejero. Para deshacer el enredo, el barrio echó mano de un jardín entero: junto a Azucenas brotaron Margaritas, Magnolia, Cantueso o Miosotis, esta última heredera de una antigua calle de Isaac Peral. Bajo ese nombre apacible late una calle de mucha historia obrera. Aquí abrió una Casa del Pueblo socialista inaugurada por Pablo Iglesias, y en 1934 se fundó un ateneo libertario cuya asamblea inaugural terminó con tres detenidos. Entre los vecinos figuró Cipriano Mera, albañil convertido en uno de los jefes militares anarquistas de la Guerra Civil. A pocos metros se alza la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias, abierta al culto en 1934. Una flor de invernadero por nombre y, debajo, pólvora del Madrid de entreguerras.
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