Calle de Bardala
Lleva el nombre de la bardala, variante popular de la bardana, esa hierba silvestre cuyos frutos se enganchan a la ropa y el pelaje.
La bardala es un nombre de planta. Bajo esa forma, dialectal y poco frecuente, late la bardana —el lampazo, el cadillo o cardo de los caminos—, una hierba de hojas enormes que crece sin permiso en cunetas y descampados. Su fruto es una pelota de minúsculos ganchos que se aferra al pelo de los animales y a las medias del paseante, un sistema de viaje que la planta lleva perfeccionando milenios.
Esa terquedad para agarrarse tiene una secuela célebre. En los años cuarenta, un ingeniero suizo volvió de caminar por los Alpes con la ropa y el perro cubiertos de estos abrojos, los miró al microscopio y copió la idea: así nació el velcro, hijo directo de una hierba como esta.
El nombre encaja en su vecindario. En esta esquina de Valdeacederas varias calles llevan nombres de plantas y flores —Miosotis, Azucenas, Gardenias—, un pequeño herbario callejero trazado cuando el barrio se urbanizaba sobre antiguas tierras de labor al norte de Madrid. Por qué se eligió justo la bardala, y no otra de las muchas hierbas del campo, no ha quedado documentado.
Apenas Bardala da para 176 metros entre bloques, sin más pretensión que servir de paso, con el nombre de una planta de hojas anchas bajo el asfalto.