Calle de las Aguileñas
Lleva el nombre de la aguileña, flor silvestre cuyos pétalos curvados recordaron a quienes la bautizaron la garra de un águila.
La aguileña es una flor de jardín y de bosque húmedo, de la familia del ranúnculo, que abre campanillas violetas con cinco espolones curvos cargados de néctar. De esa forma viene su nombre. Quienes la describieron en latín la llamaron Aquilegia, de aquila, águila, porque los espolones doblados parecen garras o picos de ave de presa cerrándose sobre la flor. Otra lectura antigua la deriva de aquam legere, recoger agua, por la forma de embudo de los pétalos, que retienen el rocío.
La calle pertenece a un vecindario de nombres botánicos. En este tramo de Almenara, y en el resto de Tetuán, conviven vías dedicadas a los geranios, el heliotropo, los nardos, los delfinios y las magnolias. Muchas de ellas se rebautizaron a mediados del siglo XX, cuando Madrid absorbió Chamartín de la Rosa y los pueblos de su alrededor y hubo que deshacer los nombres repetidos que aparecían en el callejero unificado. Sembrar el plano de flores resultó una salida cómoda y abundante.
La aguileña tiene su trampa: bonita y venenosa a la vez, guarda en hojas y semillas pequeñas dosis de compuestos que liberan cianuro. En la pintura cristiana medieval, en cambio, se la asociaba a la pureza y al Espíritu Santo, y por eso aparece en tantas tablas antiguas a los pies de la Virgen.